Luces y sombras del PLE
El concepto de Entorno Personal de Aprendizaje (PLE, por sus siglas en inglés, Personal Learning Environment) es relativamente nuevo. Comenzó a utilizarse en 2004 en Reino Unido para referirse, principalmente, al conjunto de elementos y recursos que utilizan las personas para gestionar su propio aprendizaje y adquirir competencias. Y actualmente, el término ha ganado popularidad y relevancia en el entorno educativo, tanto en colegios e institutos, como en el ámbito universitario.
Si se atiende a la definición que han otorgado profesores como Adell y Castañeda, se trataría del “conjunto de herramientas, fuentes de información, conexiones y actividades que cada persona utiliza de forma asidua para aprender”. Ahora bien, no se trata de una forma de enseñar, sino más bien de aprender. Por este motivo, tiene unas características particulares: no existen títulos, ni tampoco evaluaciones; dura tanto tiempo como desee el aprendiz, que a su vez se convierte en consumidor en función de los recursos que busca; y también es necesario que el estudiante sea crítico y vivo, para que pueda cribar por sí mismo la información significativa de la que no lo es.
Las TIC, en este sentido, se convierten en la herramienta más potente que los estudiantes pueden aprovechar para adquirir conocimientos e incorporarlos a su formación autónoma y constante, pues también las tecnologías obligan a una constante actualización en todos los ámbitos.
Partiendo de toda esta base, lo cierto es que el uso de las tecnologías y de Internet en general permite que las aulas sean lugares innovadores, accesibles y se puedan poner en práctica muchas metodologías de forma útil. Así, las clases deben convertirse en entornos donde se promueva precisamente esto: que los alumnos sientan curiosidad por aprender, sean productivos y les motive adquirir nuevos conocimientos y competencias. Y, para ello, el rol del docente es crucial.
Trabajar en el propio PLE, obliga a los alumnos a investigar en el uso de aplicaciones, herramientas, ordenar sus ideas, darles forma, leer, seleccionar lo relevante, etcétera. Todo esto les permite, por ejemplo, descubrir nuevos temas de interés o conocer nuevos autores, pero también interactuar con comunidades de aprendizaje sobre los temas que les motiven. Cada uno guía su propio proceso de adquisición de competencias.
Esto además tiene una vertiente inclusiva, dado que los ritmos no son homogéneos. Sino que cada estudiante tiene la oportunidad de adaptarse a sus propias necesidades y tiempos. En resumen, a diferencia de los entornos educativos tradicionales, el PLE fomenta una mayor independencia y adaptación a las nuevas tecnologías.
Ahora bien, existen por otra parte factores de riesgo en esta forma de aprendizaje, como la sobrecarga de información y que el estudiante no sepa filtrar si no es guiado; que acabe aislándose de sus compañeros y entorno en exceso, por lo que sería necesario también la puesta en marcha de dinámicas grupales; o la desigualdad que existe para acceder a la tecnología en función de la clase social a la que pertenece cada uno. Unos retos que también influyen de forma relevante en esta metodología y a los que las aulas deben sin duda atender.
También el 'factor edad’ es importante que se tenga en cuenta por parte de los docentes, dado que no es una forma de aprendizaje que se pueda implementar en cualquier etapa educativa. La autonomía de cada estudiante es diferente en función del curso en el que se encuentren y, en este sentido, contar con la supervisión del profesor y con una guía docente, es necesario para garantizar el aprendizaje del alumno.
Marta Gozalbo
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